Paz y veganismo, mi historia

Por Maylida Armas

Estaba buscando un camino, hacer algo que me hiciera vibrar y dar a mi vida color. Un día mi hija me puso en contacto con Gabriela, conversamos largo rato vía telefónica y ella me contó sobre el proyecto Ecovegana. Sinceramente me sorprendí de que existiera un proyecto donde se conjugaba tanto amor hacia todos los seres vivientes y el planeta, se prestara tanta atención a la salud y nutrición sin tener un interés lucrativo, se hicieran alianzas con otras instituciones de apoyo a la fauna silvestre y doméstica, se defendiera con tanta fuerza los productores locales, se pusiera tanto amor en hacer los deliciosos platos de la gastronomía mexicana sin ingredientes de origen animal…Desde ese momento, sin conocer la sede y sin conocer a fondo el proyecto, supe que participaría en él, que quería formar parte de ese grupo de personas que estaban haciendo la diferencia dando su aporte y su mensaje.

No puedo describir la emoción que sentí cuando Gaby me mandó unos dibujos a mano alzada donde a modo de mapa mental me mostraba su concepto de Ecovegana. Yo venía practicando o había practicado en algún momento de mi vida, casi sin darme cuenta, muchas cosas de las que estaban plasmadas en esos dibujos pero no estaban unificadas en mí ni fortalecidas en algunas áreas; estaban aisladas entre sí en mi vida, sin una dirección. Entender la razón de ser de Ecovegana las encaminó y pude ver en un solo conjunto sus relaciones y la maravillosa emoción de saber que estamos  produciendo un cambio.

Ha sido sin duda la mejor experiencia que he tenido en este año 2016. El tiempo que estuve viviendo en Zihuatanejo, visitando a diario La Casita Ecovegana, compartiendo con su personal y con el público, creando, imaginando y coordinando actividades, me llenaron la vida de alegría y plenitud, y crearon lazos sólidos con la gente que allí conocí. Hoy participo desde Ciudad de México y aunque no tengo la vivencia diaria de sentir  todo el amor que se respira en ese refugio amoroso de Zihuatanejo, me siento muy orgullosa de ser parte del proyecto, porque es como llevar un estandarte de paz y amor por el mundo, es llevar un mensaje que cambia no solo la vida de quien lo recibe, sino la de todos y la del medio ambiente, es abrir una ventana a un futuro promisor para las próximas generaciones, es incrementar la compasión y respeto en el mundo, es darle importancia a la emoción y no a lo material, es  compartir con generosidad un conocimiento y una convicción, ¡es SERVIR!

Con Ecovegana entendí que al fin de cuentas, “da un mayor servicio a la humanidad quien más vidas cambia”.

@ecovegana
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Navidad ecológica

Por Maylida Armas

Entre nuestras tradiciones de la época decembrina, está la decoración de nuestros hogares, calles, y plazas. El árbol, aunque no constituye una tradición autóctona, con los años se ha convertido en uno de los símbolos más importantes de la navidad. Un hermoso árbol lleno de luces y adornos cuya base acoge los regalos para nuestra familia.

Sin embargo, nuestro planeta está cambiando. La intervención del ser humano a lo largo del tiempo ha alterado su equilibrio y es hora de analizar cada cosa que hacemos porque todo, absolutamente todo, tiene repercusión en nuestro entorno y tiene la capacidad de mejorar o empeorar su situación con las obvias consecuencias para la vida. Entonces te invitamos  a vivir esta navidad con mucho amor hacia tu familia y amigos, pero también hacia tu entorno,  medio ambiente y planeta. Una de las formas de hacerlo, es pensar antes de adquirir un árbol de navidad. Allí nos encontramos con un dilema: natural o artificial.

Los árboles naturales aún cuando son sembrados para venderse como árboles navideños, deben ser talados para decorar nuestros hogares tan solo por un mes. Muchos argumentan que cumplen su labor de aportar un ecosistema y limpiar el aire durante su corta vida, además de apoyar económicamente a los campesinos que se ocupan de su siembra. Sin embargo, no dejan de ser un gran negocio y representan un impacto desfavorable para el medio ambiente, además de ser una práctica banal: cortar un árbol para usarlo tan poco tiempo. Recordemos que los árboles son vida y en lugar de sembrarlos para talarlos a los 5 u 8 años,  la meta debería ser reforestar las grandes extensiones que el hombre ha destruido. Muchos de estos árboles, una vez que han cumplido la función de decorar nuestras casas, son tirados a la basura sin siquiera tratar de devolver a la tierra sus nutrientes a través de la materia orgánica generada luego de su descomposición.

Los árboles artificiales, por su parte, son contaminantes, hechos de PVC, uno de los plásticos más dañinos derivado del petróleo. Algunos contienen incluso plomo. Por supuesto, tienen la ventaja de ser reutilizables por mucho tiempo, pero una vez que ya no lo queramos, pasará a formar parte de la inmensa cantidad de basura no degradable y contaminante sobre el planeta. Es importante destacar que durante su fabricación se desprenden agentes muy tóxicos que contaminan los alrededores de las fábricas afectando ecosistema, comunidades y animales.

Hay opciones interesantes para vivir una navidad verde:

  • Utiliza árboles vivos, decorando alguno del jardín o compra un pino en una maceta
  • Busca una rama seca con bonita forma y agregarle su adorno o hazlo tu con material de  reciclaje.
  • Finalmente, puedes prescindir del árbol y sustituirlo por un nacimiento. Aunque es importante mencionar que hay que evitar el musgo pues la extracción del mismo erosiona los suelos creando un daño ecológico que tarda años en recuperarse.

Las luces son otro factor que podemos controlar para lograr una navidad más compasiva con el planeta. Durante el mes de diciembre el consumo de energía a nivel mundial aumenta abruptamente de una manera alarmante y mientras más electricidad se use en el mundo, mayor temperatura tendrá nuestro planeta, contribuyendo así al mayor gasto energético y al calentamiento global.  En este sentido recomendamos usar menos luces y preferir las tipo LED o de baja potencia para ahorro de energía  y menor calentamiento o sustituir las extensiones de luces intermitentes por dos o tres focos en la base del árbol. También puedes controlar el tiempo en que permanecen encendidas,  usándolas solamente en las fechas  en que sean necesarias y apagándolas antes de  irnos a dormir.

Otras costumbres amorosas del tiempo decembrino son los regalos y tarjetas. Te invitamos a vivir una navidad  más verde utilizando material de reciclaje para hacer los adornos de tu casa y de tu árbol, para envolver los regalos y hacer tus tarjetas. Revistas, telas, bolsas de papel o incluso papel periódico harán que tus regalos luzcan maravillosos. Sustituye los moños por otros hechos por ti misma/o. Es impresionante como adorna un envoltorio una hoja, flor seca o una ramita. En cuanto a las tarjetas navideñas, sin duda tendrán más valor, si están hechas con tus manos de una manera compasiva y amorosa con el entorno y si lo prefieres, siempre tienes la opción de enviar tus felicitaciones por mail o mediante una tarjeta virtual.

Y cuando compres obsequios, trata de estar atento/a a lo que compras, no te dejes llevar solo por su apariencia. No promuevas la explotación animal. Evita comprar artículos de cuero o piel. Regala artículos artesanales elaborados con bajo impacto ambiental o plantas y sé consciente de que así estás ayudando a los productores locales más humildes y participando en el cambio.

Y como último consejo, no obsequies animales de compañía. La vida no se regala, además en todo caso  debemos, asegurarnos que quien recibe tenga las condiciones para garantizar el cuidado que requiere la mascota.

Ecovegana te desea una feliz navidad y próspero año nuevo.

La era de lo saludable o la época en que nos toca comer

Por Analhi Aguirre

Indiscutiblemente, estamos en la era de lo saludable. Parece que antes la gente no se alimentaba bien o simplemente no era consciente de lo que comía. Ahora: ¿realmente es cierta esta sentencia? ¿Cuánta gente vivía más de 90 años consumiendo comida nada buena para nuestro organismo?

Lo cierto es que hoy en día tenemos más información que hace décadas, de hecho, cada día avanza más y más el acceso a ese conocimiento, que antes, era casi imposible. Por supuesto, los contextos tecnológicos son el primer soporte, misión que antes cumplía la televisión. Pero el problema va más allá y se instala en el tipo de información que existe sobre los alimentos. Vamos a hacer las compras para la semana y repentinamente nos llega a la mente todo lo que nos enteramos en las redes sociales, anuncios callejeros, televisión, madre, vecina de enfrente, amigos y amigas. ¿Qué decisión tomar? Ahora resulta que la gran mayoría de los productos trae cáncer o enfermedades crónicas como el colesterol, diabetes o la preocupante y cada vez más frecuente obesidad. Además, hay alimentos que se mantienen en una delgada cuerda floja: no se sabe si son buenos o malos o, al menos, la información siempre es confusa y/o contradictoria. ¿Un ejemplo? El café, una bebida éxito en todo el mundo y en casi cualquier parte del mundo, siempre ceñida a la culpa: nos hará bien, mal, es adictivo, sólo 2 tazas al día… así, como una historia sin fin.

¿Qué hacer? Al fin de cuentas, todos queremos vivir más tiempo y de la mejor manera. Y sí, caemos en fórmulas hechas: los excesos son malos. Y por eso, hay que tener cuidado con tanto químico, explotación industrial, consumo y, sobre todo, un lugar común bien peligroso: las ofertas alimenticias o, por el contrario, lo carísimo, que no asegura nada de nada. Desafortunadamente, la información, muchas veces es como los fuegos artificiales: ficticia. Entonces, volver a las bases, comer frutas, verduras, menos carne, hidratos de carbono, mate, café y esas cosas que nos gustan tanto y que no hacen tan mal, es una buena medida para lograr un buen balance en la rarísima y confusa época que nos toca comer.

10 sugerencias ecológicas poco comunes  

Por Analhi Aguirre

A veces ser parte una cultura ecológica, tiene que ver no sólo con cuidar nuestro entorno próximo, sino también con nuestros propios espacios íntimos. Al fin y al cabo, proteger la naturaleza es reconocernos como seres sintientes, sociables, con ganas de compartir. Por eso, y si la ecología estudia la relación de los seres entre sí y su medio ambiente, haz tu pequeña gran parte:

  • Recicla tus acciones significativas
  • Disminuye el mal humor
  • Escribe 3 tareas que le debes a la tierra
  • Saluda al mar, las nubes, el sol, tu jardín
  • Agradécele a tu mascota su atención
  • Deséale un buen día a tus vecinos
  • Comparte lo que cocinas
  • Sé responsable de tu propia alimentación
  • Observa con detalle el paisaje
  • Ten en cuenta que tu lugar en el planeta es único.

Porque ser ecológico o ecológica también resulta de un equilibrio de sentimientos con hábitos caseros, trascendentes y necesarios.

La empatía es para todos los seres sintientes

Por Analhi Aguirre

La palabra empatía viene del griego y significa emocionado/a. Se refiere principalmente a la capacidad de identificarse con los sentimientos de otro ser. Ponerse en el lugar de los demás es una acción que tiene que ver con compartir la alegría o el dolor, un vínculo creado por la compasión, además del respeto.

Hay actividades que muchas veces pasan desapercibidas, parecen no merecer una reflexión y no son tenidas en cuenta. La pesca es una de ellas. Es impensable el placer de apropiarse de animales en libertad en cualquier medio de la naturaleza. Los ríos, mares, lagos o lagunas están llenos de vida de todo tipo, y estaría un poco de más decirlo, si no fuera por la cantidad de gente que pesca mientras experimenta un enorme orgullo, entretenimiento y hasta regodeo al ver cómo un pez cae en la trampa mortal de un anzuelo. Ni hablar de la cantidad de peces capturados por una red o pulpos, cangrejos, etc. Pareciera que esta clase de animales acuáticos no sienten nada o, lo que es peor, sienten, pero no importa. Según el biólogo, Michael Fine los peces emiten voces de dolor, terror y agresión que, si son apresados y luego devueltos, tienen menos resistencia y regresan más débiles para enfrentar su medio ambiente.

Y lo mismo sucede con los acuarios en las casas o tiendas. ¿Qué sentido tiene esta inútil y errónea idea de posesión? Siempre me sorprendo de que los libros para niños estén plagados de peceras. ¿Para qué enseñarles a conservar recipientes que no logran otra cosa que apagar la independencia animal? ¿Acaso se trata de una empatía inversa? ¿O es una catarsis de prejuicios, miedos y otras cuestiones del inconsciente?

Como sea, divertirse, pasar el tiempo y/o satisfacerse con la muerte de los animales se aleja absolutamente de una convivencia pacífica en el planeta. Tal vez, la supervivencia sea una gran explicación, pero, creo, que a esta altura de la civilización ya estamos comprendiendo, sintiendo otro tipo de empatía que tiene que ver con sentirnos, justamente así, como decían los griegos, emocionados, conmovidos, felices con el bienestar de los seres sintientes que nos rodean.

Matar o no matar, ese es el dilema

Por Inés M. Saavedra

No hay ética en el cazador, es decir, no hay moralidad en la naturaleza. El león no es bueno o malo por comer a la hiena. Simplemente es. El mosquito no se enfrenta a dilemas de justicia social o culpa por picar a un ser humano, así como el conejo no se plantea si debería ser herbívoro o no. Simplemente es.

Los seres humanos habitamos una piel muy compleja. Somos depredadores reflexivos.  Necesitamos comer para vivir, pensamos en la supervivencia desde lo más primitivo de nuestro ser, comemos, depredamos y nos planteamos cuestionamientos éticos y morales. No es tan fácil. Industrializamos los ciclos de producción, empaquetamos la comida. Cambiamos la caza, la recolección y la agricultura por los supermercados. Compramos alimentos cuadrados  y redondos, de geometrías perfectas que nos permiten olvidar que ese líquido se extrajo de las ubres de una vaca o que esas hojuelas de maíz vienen de una mazorca. Hacemos de las gallinas nuggets perfectos o de los cerdos bellas rebanadas de jamón. Molemos a las vacas, a los pollos y al brócoli por igual y comemos.

Existen muchas teorías acerca de lo que está bien y mal, se dice que los animales humanos no son cazadores carnívoros, que nos faltan garras, colmillos o picos cuando se nos compara con las águilas o los lobos. Otros celebran por encima de todo la proteína animal, como la causa que logró la evolución de los cerebros humanos. Antropólogos, biólogos, médicos, agrónomos, todos se debaten qué debe y qué no debe comer el ser humano.

El dilema se vuelve un problema de salud, ético, ambiental, moral. El debate no termina, intervienen botánicos, arqueólogos, sociólogos, nutriólogos… todos con una opinión sobre qué comer. Lo que es importante resaltar es que el veganismo no se ahoga en esas discusiones, porque el veganismo entiende solo una cosa: la vida vale.

Muchos afirman que el ser humano es omnívoro, es decir, que su organismo es capaz de digerir alimentos vegetales y animales, sin ser un animal cazador o carnívoro, su organismo puede procesar estos alimentos. Más allá de la capacidad de digerir tal o cual tipo de proteína. El veganismo no ahonda en la capacidad digestiva o enzimática del organismo, si no, en la idea de que la vida de otras especies animales es en sí misma valiosa. Las granjas industriales han suplantado la idea del cazador que se alimenta de un animal en libertad, por cientos de animales que viven en condiciones deplorables. Y así, como se han dejado atrás prácticas de supervivencia que hoy en día son suplantadas por la tecnología (encender el fuego con cerillos o encendedores, refugiarnos en casas construidas con elevadores, comer del supermercado o bien, protegernos de enfermedades con vacunas), el veganismo elige una forma de vida que deja atrás prácticas de supervivencia que hoy en día pueden suplantarse por una dieta basada en vegetales que cumpla con todas las características alimentarias que requiere el cuerpo.

Los animales (humanos y no humanos) sufren, tienen miedo, hambre, sueño, quieren seguir su instinto y sobrevivir. El veganismo busca ser compasivo y amoroso, respetuoso. Para muchas personas esas palabras ya no suenan a nada, se han usado tanto que se nos olvida su significado. Una vaca es capaz de sentir felicidad, hambre, sueño, miedo. Emociones y sensaciones. La compasión radica en entender el origen de los alimentos. Elegir cazar o comer un producto animal es también cultural, no es menos compasivo alguien que aprendió a comer carne a aquel que no lo hace si no se tiene conocimiento de la industria, pero una vez que se conocen las prácticas crueles de la crianza animal, es una elección de tipo moral. Habrá quienes les importe y habrá a quienes no. El veganismo, como principio amoroso, plantea también la idea de no juzgar.

La naturaleza permite al hombre ser vegano. Hay proteínas, vitaminas, minerales en el reino vegetal, mineral y fungi. No es necesario sacrificar la salud ni el buen comer. No están enfrentados el veganismo con una buena cena, no hay conflicto entre la salud y la felicidad de otros seres vivos. Se puede ser feliz, fuerte, saludable y vegano, pero hay que hacerlo bien. Hace falta reaprender a comer, poner atención a la dieta, hacerlo con consciencia de causa y con decisiones inteligentes en la mesa. Si hay un vegano desnutrido es porque no se está informando bien. Eso implica un esfuerzo y un trabajo, pero es un trabajo que para los veganos vale la pena.

El veganismo tiene algunos efectos colaterales: beneficios ambientales como la reducción de la huella de carbono o huella hídrica,  y a la salud si se hace con conciencia. Además, amplía la gama de alimentos que se consumen, si se hace con creatividad e ingenio el menú del día lejos de reducirse se verá ampliado y nutrido de nuevos ingredientes. Pero ninguno de estos factores es en realidad la causa u origen de la idea compasiva del veganismo: la no explotación de la vida animal. El veganismo es un estilo de vida compasivo que ama y respeta la vida de otros seres vivos del reino animal y rechaza las prácticas atroces de crianza y matanza de la industria cárnica. A los ojos de algunos, esta dieta puede parecer aburrida, la realidad es que estos elementos se transforman en exquisitos platillos que alimentan el cuerpo sin alimentar el sufrimiento de ningún otro animal.

Se trata de comer y no matar, de comer y no explotar a otros. Se trata de compartir, de humanizarnos, de entender que toda la vida es valiosa. Todos queremos comer, todos necesitamos comer, a todos nos da hambre y sueño. Se trata de respetar, compartir, sensibilizar e inspirar a otros. Se trata de no ser cómplice en los crímenes que se ejecutan día a día en contra de los animales no humanos. De pensar antes de comer, pesar en la vida, en el dolor, el sufrimiento y la muerte, para así comer y vivir sin lastimar a nadie.

 

Zoológicos, cosa del pasado

Por Analhi Aguirre

En alguna foto de nuestra memoria, existe una del paseo al zoológico. Todo se vuelve un recuerdo inolvidable: la emoción de la familia al mostrarnos esos animales salvajes e increíbles, sólo vistos en la televisión o el cine, la adrenalina de estar tan cerca, la excursión por esos caminos llenos de seres sintientes enjaulados…

¿Es tan bueno para los niños que los guiemos por un recorrido con animalitos que no están en su hábitat natural, que sufren y muchas veces mueren? ¿Acaso todo tiene que ver con nosotros, los adultos, que queremos renovar esas imágenes pasadas o, lo que es peor, activar el ego al exponerles un mundo desconocido y “maravilloso”? ¿O quizás pongamos en acción la excusa máxima: salvarlos de la extinción cuando lo que hay que hacer es detenerla? Hemos tenido demasiados ejemplos para saber que los zoológicos no son buenos para los animales, y dicen, que “para muestra sobra un botón”.

Entonces, ¿cuál es el significado de esta clase de exposición, donde lo único que hacemos es imponer el supuesto “dominio” de la humanidad sobre la bestia? Los zoológicos ya no deberían existir ni tampoco los acuarios ni serpentarios ni ningún tipo de cuadrado ficcional que encierre a los animales. Como si ellos nos lo hubiesen pedido. Además, en este momento, con toda la tecnología y viajes que hay, es muy probable que podamos acceder a ver y sentir a estos seres en espacios más amables como reservas ecológicas u otro tipo de sitios similares.

Sin embargo, estas palabras y otras miles que también se están escribiendo en este instante parecen no bastar. Porque lo que urge es una reflexión, una toma de conciencia, un ponerse en la piel. Pues, en ocasiones, ir al zoológico es parte de esas tradiciones que seguimos sin tener en cuenta realmente en qué consisten, para qué sirven. Es importante darle a estas costumbres una nueva oportunidad con el fin de percibirlas de otra forma, una más humana y animal. En definitiva, con un poco más de amor y sentido común.