El valor del compartir

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Por Maylida Armas

Compartir es el acto de participación recíproca en algo, ya sea material o inmaterial. Lleva implícito el valor de dar y de recibir. Con frecuencia relacionamos el compartir con cosas materiales, sin embargo el verdadero compartir abarca un sinfín de situaciones. En realidad la vida en sociedad o fuera de ella es un constante compartir.  Podemos compartir sonrisas, emociones, actividades, pensamientos, momentos, experiencias, sufrimientos, espacio, oficina, hogar, entre muchísimas otras cosas.

El compartir tiene implícitas algunas características:

  • Implica dar y recibir en forma recíproca donde esa reciprocidad no necesariamente tiene que darse en el mismo momento ni manifestarse en la misma forma. No quiere decir tampoco que damos para recibir, es un sentimiento más profundo donde está inmerso el amor.

Mejora las relaciones humanas y del entorno:

  • Compartir también significa participar, utilizar, experimentar o disfrutar, sin que implique propiedad, sino bien común.  La meta del correcto compartir es caminar para mejorar las relaciones humanas y con nuestro entorno.

Lleva implícito el concepto de cooperación:

  • Cooperar es trabajar juntos. Es dar con generosidad y también recibir con gratitud. No existe en la naturaleza un ser viviente que sea completamente independiente. Vivimos en total interdependencia con nuestro entorno,  nuestro planeta y todos los seres vivos que lo habitan. Ya sea en casa o en las relaciones con el exterior, el principio de cooperación va de la mano con el principio de compartir. El compartir de la responsabilidad, tanto como el compartir de los recursos materiales y la correcta cooperación responden, ambas, al principio rector y a la cualidad de la vida.

Está desvinculado del concepto de propiedad

  • El compartir auténtico va más allá del concepto de propiedad. La tierra nos ofrece sus recursos para el bienestar de toda la humanidad, pero no lo entendemos precisamente por el  sentido de propiedad que arraigamos desde pequeños. Nos enseñan a “compartir nuestros juguetes” fortaleciendo el sentido de propiedad y del apego. Nuestras “posesiones” terrenales son temporales, sólo están bajo nuestra custodia y muchas veces creemos que podemos hacer con ellas lo que queramos sin considerar que nuestras acciones pueden afectar al entorno. Cuando compartimos de corazón aunque sea un pedazo de pan, no estamos pensando que ese pan es nuestro, ni que estamos haciendo un acto de caridad. En ese momento, las manos se abren impulsadas por un sentimiento de generosidad y de unión.

Se basa en el respeto

Pocas veces asociamos el compartir con el respeto porque para la mayoría compartir es un acto totalmente voluntario. Comparto mi comida, mi carro, mi opinión, pero  el compartir abarca nuestro diario vivir  y no siempre es consciente y voluntario. Por ejemplo, compartimos una playa, una escuela, una vía, un parque….. Y es en esos casos donde más se visualiza el respeto como parte del compartir, en el reconocimiento de la singularidad de cada uno y de sus derechos.  Cada ser vivo es único y tiene una contribución única para su entorno. Y volvemos aquí al importante concepto de interdependencia: todos estamos conectados, nuestro bienestar no sólo es un tema personal, sino que también involucra al que está al lado, a nuestra comunidad y a las personas que nos vamos encontrando en la vida. Todos tienen un papel que cumplir y todos tienen una razón para estar aquí. Cada uno de nosotros debe actuar considerando su responsabilidad para con el mundo y su hábitat.

Compartimos un planeta 

El principio del compartir nace, no de la condescendencia o de la imposición sino del reconocimiento de que trabajando con otros por el bien común beneficiamos a la humanidad como un todo y por lo tanto a nosotros mismos. Compartimos el planeta sin distingos de nacionalidad, costumbres, razas, religiones, creencias o culturas. Somos parte de él al igual que las plantas, montañas, ríos, mares, atmósfera y por supuesto sus seres vivos.  No somos dueños de la tierra ni de los árboles ni los animales y nuestros actos indiscriminados alteran el equilibrio perfecto natural y se nos  devuelven en forma de boomerang afectando  nuestro  futuro como raza humana.

Compartir, cooperar y respetar son las claves para una convivencia armoniosa con nosotros mismos y con nuestro entorno.  La energía sigue al pensamiento. Cada uno de nosotros puede comenzar el trabajo de reorientar la actitud egoísta e irresponsable de la humanidad eliminando estas actitudes en nuestra propia vida. De la misma forma en que un hombre pensando claramente y con buena voluntad puede transformar el clima mental de su entorno, así, miles de hombres y mujeres de buena voluntad, pensando en las ideas de justicia, compartir, correctas relaciones humanas, respeto pueden lograr el efecto acumulativo de irradiar luz y amor alrededor del planeta.

 

"Me niego a digerir la agonía." —Marguerite Yourcenar

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