Ciudades comestibles

Fresh basil growing in a crate amongst a variety of other organic herbs for use as an ingredient in home cooking

Reflexiones sobre los huertos del mundo

Por Inés M. Saavedra

En las grandes ciudades hay cada vez más personas que buscan una economía alimentaria más simple. Sembrar en estas metrópolis es una manera de recuperar la autonomía, pero sobre todo, una herramienta de transformación social.

Hay que tocar la tierra para reconectar con la vida y con la realidad, en un tiempo en el que todo sucede de manera virtual, establecer un vínculo con la naturaleza es sin duda una de las acciones más radicales y subversivas para enfrentar a la modernidad.

La agricultura urbana nace como respuesta a los problemas alimentarios actuales, una acción que reitera el compromiso con el ambiente, la justicia social y la buena comida.

Una alternativa que busca soluciones a varios problemas: la desigualdad alimentaria que existe entre individuos, economías y ecosistemas.

La agricultura nació y permitió la construcción de ciudades. Ahora, la dirección es contraria, es tiempo de que las ciudades permitan el desarrollo de la agricultura. Y, aunque es cierto que la producción de alimentos en las ciudades no sería suficiente para abastecer a sus habitantes, el objetivo no es dar de comer a todos, detrás de está acción de siembra urbana hay muchos más ideales involucrados: sensibilizar a la gente sobre los ciclos de vida, reducir la huella de carbono en la transportación de ciertos alimentos, transformar comunidades, concientizar sobre la soberanía alimentaria y expresar una opinión sobre un estilo de vida.

La urbanización ha dejado en el olvido la importancia de conservar una tierra fértil para el cultivo de frutas y vegetales. La sobrepoblación de las ciudades trajo consigo un cambio de intereses. La modernidad ofreció comodidades como los supermercados que desconectaron a sus habitantes de los ciclos agrícolas, hoy en día, la comida se adquiere en los supermercados, vive en el refrigerador, se lee en las revistas, sale en la televisión y se comparte en las redes sociales. La desconexión que tenemos con los ciclos de producción es abismal. Tocar la tierra, en cambio, es un ejercicio de sensibilización, terapéutico y casi contemplativo que nos acerca al planeta que habitamos. De eso se trata la agricultura urbana: de romper paradigmas y hacer que las semillas y las ideas crezcan.

Los huertos, en un contexto de asfalto, reducen el costo ambiental de las ciudades: disminuyen las distancias de transportación de frutas y verduras al tiempo que la basura orgánica se reutiliza en compostas para los mismos. Además, generan una oferta de alimentos sanos, optimizan el uso del agua, el reciclaje y la reutilización de residuos. Otras de las ventajas que ofrece el cultivo en núcleos urbanos serían reducir el uso de agroquímicos, y la oportunidad de cultivar insumos poco usuales, promoviendo así el rescate de la biodiversidad alimentaria de cada zona.

Alrededor del planeta

La agricultura urbana ha florecido simultáneamente en muchas ciudades del mundo, cada ciudad ofrece un contexto distinto que detona el fenómeno de la agricultura urbana, como dice Alice Waters: “La gente de África no ha llegado a esto por el sabor y la belleza como yo lo hice, sino por las ideas de hambre y necesidad. Pero todos llegamos al mismo lugar. Hay que alimentar a todos en este planeta.” Es así que ciudades como Sao Paulo, Tokio o Kinshasa han llegado a la misma conclusión: los huertos en las grandes metrópolis son una herramienta que aumenta la seguridad alimentaria.

Ciudades como Nueva York o San Francisco siempre han expresado el sentir de sus habitantes de manera creativa, los huertos urbanos en Berkeley son parte de la cultura ambiental y alimentaria desde hace décadas, mientras que en Nueva York esta tendencia es más reciente, hoy en día Brooklyn cuenta con muchas azoteas verdes, granjas de abejas y gallinas, mientras que en Manhattan, como parte de las protestas de Occupy Wall Street, hay un huerto sembrado en pleno distrito financiero, un punto de vista radical para responder a los problemas sociales.

Otro caso interesante es el caso de Hong Kong, la densidad de población de esta localidad es tan alta que la gran mayoría de los alimentos que consumen son importados de muchas partes del mundo, esto ha dado origen a un movimiento de agricultores urbanos que cultivan alimentos en las afueras del núcleo citadino para consumo y comercialización en los mercados locales.

La ciudad de México también alberga importantes proyectos de agricultura urbana, tal es el caso del Huerto Tlatelolco de Cultiva Ciudad, que ofrece talleres a sus visitantes, resguarda una amplia diversidad de especies y construye un banco de semillas.

En el corazón de Europa, Berlín también ha levantado una serie de jardines en terrenos ocupados en pleno centro de la capital. Jardines como el Prinzessinnengarten son parcelas adoptadas y sembradas por habitantes de la ciudad, un espacio para compartir la tierra, la comida y el tiempo.

El caso del Congo es distinto, en este lugar, los huertos urbanos buscan promover la seguridad alimentaria animando a los pobladores a cultivar sus propios alimentos. El caso de Cuba surge de una crisis de abasto de diversidad de alimentos.

Toda una revolución de pensamiento y acción

Los huertos urbanos, el impulso a la producción local y la consciencia acerca de la importancia de los ciclos agrícolas son tan solo una parte de todo un movimiento de responsabilidad alimentaria que integra el consumo local, de temporada, y el comercio justo, entre otros. Comer es una necesidad básica, pero las decisiones que tomamos al hacerlo expresan una manera de convivir con el ecosistema. La responsabilidad alimentaria implica una toma de decisión basada en factores sociales y ambientales que van íntimamente ligados a los derechos humanos, el medio ambiente, la salud y el respeto a la calidad de vida de las especies que consumimos.

Ahora hay que llenar los camellones, parques, banquetas, balcones, ventanas, azoteas y jardines de hortalizas para que la ciudad sea comestible.

@pixabay.es

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"Me niego a digerir la agonía." —Marguerite Yourcenar

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