Matar o no matar, ese es el dilema

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Por Inés M. Saavedra

No hay ética en el cazador, es decir, no hay moralidad en la naturaleza. El león no es bueno o malo por comer a la hiena. Simplemente es. El mosquito no se enfrenta a dilemas de justicia social o culpa por picar a un ser humano, así como el conejo no se plantea si debería ser herbívoro o no. Simplemente es.

Los seres humanos habitamos una piel muy compleja. Somos depredadores reflexivos.  Necesitamos comer para vivir, pensamos en la supervivencia desde lo más primitivo de nuestro ser, comemos, depredamos y nos planteamos cuestionamientos éticos y morales. No es tan fácil. Industrializamos los ciclos de producción, empaquetamos la comida. Cambiamos la caza, la recolección y la agricultura por los supermercados. Compramos alimentos cuadrados  y redondos, de geometrías perfectas que nos permiten olvidar que ese líquido se extrajo de las ubres de una vaca o que esas hojuelas de maíz vienen de una mazorca. Hacemos de las gallinas nuggets perfectos o de los cerdos bellas rebanadas de jamón. Molemos a las vacas, a los pollos y al brócoli por igual y comemos.

Existen muchas teorías acerca de lo que está bien y mal, se dice que los animales humanos no son cazadores carnívoros, que nos faltan garras, colmillos o picos cuando se nos compara con las águilas o los lobos. Otros celebran por encima de todo la proteína animal, como la causa que logró la evolución de los cerebros humanos. Antropólogos, biólogos, médicos, agrónomos, todos se debaten qué debe y qué no debe comer el ser humano.

El dilema se vuelve un problema de salud, ético, ambiental, moral. El debate no termina, intervienen botánicos, arqueólogos, sociólogos, nutriólogos… todos con una opinión sobre qué comer. Lo que es importante resaltar es que el veganismo no se ahoga en esas discusiones, porque el veganismo entiende solo una cosa: la vida vale.

Muchos afirman que el ser humano es omnívoro, es decir, que su organismo es capaz de digerir alimentos vegetales y animales, sin ser un animal cazador o carnívoro, su organismo puede procesar estos alimentos. Más allá de la capacidad de digerir tal o cual tipo de proteína. El veganismo no ahonda en la capacidad digestiva o enzimática del organismo, si no, en la idea de que la vida de otras especies animales es en sí misma valiosa. Las granjas industriales han suplantado la idea del cazador que se alimenta de un animal en libertad, por cientos de animales que viven en condiciones deplorables. Y así, como se han dejado atrás prácticas de supervivencia que hoy en día son suplantadas por la tecnología (encender el fuego con cerillos o encendedores, refugiarnos en casas construidas con elevadores, comer del supermercado o bien, protegernos de enfermedades con vacunas), el veganismo elige una forma de vida que deja atrás prácticas de supervivencia que hoy en día pueden suplantarse por una dieta basada en vegetales que cumpla con todas las características alimentarias que requiere el cuerpo.

Los animales (humanos y no humanos) sufren, tienen miedo, hambre, sueño, quieren seguir su instinto y sobrevivir. El veganismo busca ser compasivo y amoroso, respetuoso. Para muchas personas esas palabras ya no suenan a nada, se han usado tanto que se nos olvida su significado. Una vaca es capaz de sentir felicidad, hambre, sueño, miedo. Emociones y sensaciones. La compasión radica en entender el origen de los alimentos. Elegir cazar o comer un producto animal es también cultural, no es menos compasivo alguien que aprendió a comer carne a aquel que no lo hace si no se tiene conocimiento de la industria, pero una vez que se conocen las prácticas crueles de la crianza animal, es una elección de tipo moral. Habrá quienes les importe y habrá a quienes no. El veganismo, como principio amoroso, plantea también la idea de no juzgar.

La naturaleza permite al hombre ser vegano. Hay proteínas, vitaminas, minerales en el reino vegetal, mineral y fungi. No es necesario sacrificar la salud ni el buen comer. No están enfrentados el veganismo con una buena cena, no hay conflicto entre la salud y la felicidad de otros seres vivos. Se puede ser feliz, fuerte, saludable y vegano, pero hay que hacerlo bien. Hace falta reaprender a comer, poner atención a la dieta, hacerlo con consciencia de causa y con decisiones inteligentes en la mesa. Si hay un vegano desnutrido es porque no se está informando bien. Eso implica un esfuerzo y un trabajo, pero es un trabajo que para los veganos vale la pena.

El veganismo tiene algunos efectos colaterales: beneficios ambientales como la reducción de la huella de carbono o huella hídrica,  y a la salud si se hace con conciencia. Además, amplía la gama de alimentos que se consumen, si se hace con creatividad e ingenio el menú del día lejos de reducirse se verá ampliado y nutrido de nuevos ingredientes. Pero ninguno de estos factores es en realidad la causa u origen de la idea compasiva del veganismo: la no explotación de la vida animal. El veganismo es un estilo de vida compasivo que ama y respeta la vida de otros seres vivos del reino animal y rechaza las prácticas atroces de crianza y matanza de la industria cárnica. A los ojos de algunos, esta dieta puede parecer aburrida, la realidad es que estos elementos se transforman en exquisitos platillos que alimentan el cuerpo sin alimentar el sufrimiento de ningún otro animal.

Se trata de comer y no matar, de comer y no explotar a otros. Se trata de compartir, de humanizarnos, de entender que toda la vida es valiosa. Todos queremos comer, todos necesitamos comer, a todos nos da hambre y sueño. Se trata de respetar, compartir, sensibilizar e inspirar a otros. Se trata de no ser cómplice en los crímenes que se ejecutan día a día en contra de los animales no humanos. De pensar antes de comer, pesar en la vida, en el dolor, el sufrimiento y la muerte, para así comer y vivir sin lastimar a nadie.

 

"Me niego a digerir la agonía." —Marguerite Yourcenar

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