Alimentación y tolerancia

@pixabay.es

Por Analhi Aguirre

Elegir una manera de alimentarse –así sea la más usual del mundo-siempre trae prejuicios, comentarios y hasta debates de por medio. Cuando nuestras abuelas eran muy jóvenes, comer mucho era lo saludable. No existían conceptos, o más bien, eran otras las ideas relacionadas con lo saludable, mirado con una lupa exhaustiva y, muchas veces, confusa como ocurre hoy en día. En la actualidad, y sobre todo gracias a la tecnología, nos enteramos no sólo de qué y cómo están hechos los productos que consumimos, sino también qué está comiendo –casi, casi- nuestro vecino o vecina.

Hace unas décadas atrás, optar por el vegetarianismo se tornó como un secreto a voces. Se trataba de bichos raros que voluntariamente elegían dejar de lado la carne. De hecho, todavía sorprende –y hasta causa conflicto- que alguien llegue a una casa, se quede a cenar y anuncie: “soy vegetariana/o”. Aparece una desesperación culinaria porque la creatividad en la cocina parece sólo emerger cuando hay carne en el refrigerador. Sin embargo, el asunto se dificulta aún más cuando una persona nos cuenta que es vegana.

En primer lugar, mucha gente no tiene idea de qué es el veganismo. Y en el momento en que se despliega la simple explicación: “no como alimentos ni uso vestimenta ni productos de cualquier tipo derivados de los animales. Mi forma de comer es más que una forma de alimentación, es un estilo, una filosofía de vida”, el bicho raro se convierte en sapo de otro pozo y surge el prejuicio.

La pregunta ineludible es: ¿por qué? ¿qué hace que haya tanta discriminación hacia una manera de vivir, que debería ser como cualquier otra? Existe un discurso vegano y radical que juega en contra, es cierto. No obstante, también es cierto que los bandos están enfrentados –carne vs. sin carne- y no debería ser así. Sería un ideal que el respeto animal nos permitiera darle una mejor vida a todos los seres sintientes de nuestro planeta y, así, ya no comérnoslos. Pero, por ahora, se trata de una utopía.

Entonces, ¿acaso no sería mejor lograr una mayor aceptación hacia lo inusual o, mejor dicho, -por ahora- minoritario? Porque, finalmente, alcanzar una convivencia un poco más tolerante no sólo tiene que ver con una forma de alimentarse, sino con la vida entera. Si en vez de insistir en poner una barrera nos permitiéramos conocernos, seguramente nuestro día a día sería más libre y sin tantos juicios limítrofes a la hora de una acción tan cotidiana como alimentarnos. Porque, al fin y al cabo, comer verde tiene muchísimos más colores y no vale la pena perdérselos.

"Me niego a digerir la agonía." —Marguerite Yourcenar

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